Más de mil calzoncillos de algodón enterrados en campos y jardines se convirtieron en instrumentos científicos. El experimento mostró que una mayor descomposición de la tela puede indicar un suelo más activo y saludable, una de las investigaciones distinguidas por los Ig Nobel.
Otro equipo reconstruyó el valor nutritivo de los cristales de proteína con los que una especie de cucaracha alimenta a sus crías. La sustancia contiene más energía por gramo que la leche de cualquier mamífero, aunque eso no significa que esté autorizada ni lista para el consumo humano.
Los premios también reconocieron estudios sobre la evolución del beso y la manera correcta de sonarse la nariz. Diez equipos recibieron trofeos en una ceremonia que, por primera vez en 35 años, salió de Estados Unidos y se celebró en Zúrich por preocupaciones relacionadas con los viajes y las visas.
Detrás de la broma hay una idea seria: las preguntas extrañas pueden producir métodos útiles y despertar curiosidad. Medir la salud del suelo con una prenda barata o estudiar una proteína inusual no sustituye la investigación convencional, pero demuestra que la ciencia también avanza cuando se atreve a mirar lo cotidiano desde otro ángulo.





