En el Parque de la Paz de Nagasaki, el alcalde de la ciudad calificó a las armas nucleares como un mal absoluto y denunció el creciente respaldo internacional a la doctrina de la disuasión, a la que responsabilizó de aumentar el riesgo en lugar de reducirlo. Fue el punto más filoso de la ceremonia por los 81 años del bombardeo atómico estadounidense.
El mensaje tuvo un destinatario claro. La primera ministra Sanae Takaichi, presente en el acto, impulsa una revisión de la política de defensa orientada a fortalecer la capacidad ofensiva de las fuerzas armadas japonesas, un giro que rompe con décadas de consenso pacifista.
El alcalde pidió al gobierno adherirse plenamente a los tres principios no nucleares de la posguerra, que prohíben poseer, producir e introducir armamento atómico en territorio japonés. La especulación pública se centra en el tercero: si Takaichi, partidaria de la disuasión, podría permitir el ingreso de armas nucleares al país.
La mandataria reiteró en su intervención que mantendrá un enfoque realista y pragmático hacia la consecución de un mundo sin armas nucleares, pero evitó comprometerse de forma explícita con los tres principios. Los sobrevivientes del bombardeo, cada vez menos y de mayor edad, escucharon la ambigüedad desde la primera fila.


