Delegaciones de alto nivel de Estados Unidos e Irán se reunieron en Ginebra con la mediación de Omán para dar el paso más concreto hacia la paz desde el inicio del conflicto. Washington envió al vicepresidente JD Vance junto a los enviados especiales Steve Witkoff y Jared Kushner; Teherán, al ministro de Exteriores Abbas Araghchi y al presidente del Parlamento Mohammad Baqer Ghalibaf. El resultado: una hoja de ruta para alcanzar un acuerdo definitivo en 60 días y la creación de una línea de comunicación directa para gestionar incidentes en el estrecho de Ormuz.
Las negociaciones se producen en el contexto del alto el fuego de 60 días en el estrecho que ya está en vigor, y que evitó un potencial bloqueo de una de las rutas marítimas más críticas del mundo — por donde transita aproximadamente el 20% del petróleo global. El acuerdo de Ginebra convierte ese alto el fuego temporal en la base de un proceso diplomático más amplio, con tres grupos de trabajo enfocados en las áreas nuclear, de sanciones económicas y de resolución de disputas regionales.
La posición de Irán ha evolucionado significativamente desde el inicio del conflicto. Teherán llega a la mesa con una economía bajo la presión de las sanciones, una infraestructura militar parcialmente dañada por los ataques conjuntos de EE.UU. e Israel en febrero, y una población que en encuestas internas muestra apoyo mayoritario a la vía diplomática. La pregunta es si el régimen de los ayatolás puede sostener un acuerdo real sin que su facción más dura lo dinamite desde adentro.
Para México y América Latina, un acuerdo nuclear que reduzca la tensión en el Golfo Pérsico tiene consecuencias directas: la estabilización del precio del petróleo. La incertidumbre bélica en el Medio Oriente ha mantenido los precios volátiles durante meses, afectando tanto los ingresos de Pemex como el presupuesto federal. Si los 60 días de negociación culminan con un pacto verificable, el impacto económico para la región podría ser considerable.


