El Mundial 2026 está dejando una huella económica que supera las proyecciones más optimistas de la Secretaría de Turismo. Las tres ciudades sede mexicanas —Ciudad de México, Guadalajara y Monterrey— registran tasas de ocupación hotelera cercanas al 98% durante las jornadas de partido, con llegadas de aficionados provenientes de más de 80 países, según cifras del sector privado.
El gasto promedio del turista mundialista duplica al del visitante regular en México, impulsado por los precios de las entradas, la compra de artículos deportivos, la gastronomía y el entretenimiento. Los negocios alrededor del Estadio Azteca en Ciudad de México reportan incrementos de ventas de entre el 300% y el 500% en días de partido, mientras que las avenidas del centro histórico capitalino se han llenado de aficionados con las camisetas de decenas de selecciones nacionales.
Las autoridades turísticas destacan que el efecto no se limita a las ciudades sede directas. Cancún, Los Cabos, Puerto Vallarta y Oaxaca reciben una ola adicional de turistas que combinan el Mundial con vacaciones en destinos de playa o culturales. La conectividad aérea internacional hacia México batió récords en junio, con aerolíneas operando vuelos adicionales para absorber la demanda.
El reto ahora es que el legado económico perdure más allá de las semanas del torneo. Economistas del sector turístico advierten que la infraestructura instalada, la visibilidad internacional y los contactos comerciales generados durante el Mundial pueden traducirse en un aumento sostenido del turismo hacia México en los próximos tres a cinco años.

