El acuerdo de paz firmado entre Estados Unidos e Irán es, en términos geopolíticos, uno de los eventos más significativos del año. Más allá del cese de hostilidades, el pacto contempla la reapertura del estrecho de Ormuz, el angosto pasaje por donde transita aproximadamente el 20% del suministro mundial de petróleo. Irán tiene hasta el 19 de julio para levantar el bloqueo naval que mantenía sobre sus puertos.
El acuerdo nació de semanas de negociaciones intensas tras el inicio del conflicto armado el 28 de febrero, cuando Israel y Estados Unidos lanzaron bombardeos contra instalaciones militares iraníes. Irán respondió atacando intereses norteamericanos en la región, y el 2 de marzo Líbano entró en la guerra cuando Hezbolá abrió un segundo frente contra Israel desde el norte.
Para los mercados energéticos internacionales, el pacto representa una bocanada de alivio: el bloqueo del estrecho había disparado los precios del petróleo y generado incertidumbre en las cadenas de suministro globales. Países importadores de energía en Asia y Europa siguieron las negociaciones con especial atención, y los mercados respondieron con una caída inmediata de los precios del crudo cuando se confirmó el acuerdo.
Sin embargo, la tensión de los últimos días en Líbano y la cancelación de la reunión en Suiza envían una señal clara: el camino hacia la paz definitiva es frágil y está lleno de obstáculos. Los analistas advierten que el verdadero test del acuerdo llegará cuando deban negociarse los detalles del programa nuclear iraní, el punto más sensible y difícil de toda la ecuación.


