El Air Force One tocó tierra en Pekín alrededor de las 7:50 de la noche, hora local. Trescientos niños chinos vestidos con uniformes blancos y azules ondearon banderas estadounidenses y chinas mientras Donald Trump descendía por la escalerilla. Lo recibió el vicepresidente Han Zheng en una ceremonia diseñada para proyectar cortesía sin escenificar entusiasmo.
Es la primera visita de Estado de un mandatario estadounidense a China en casi nueve años y la segunda de Trump al gigante asiático en toda su carrera política. La cita, originalmente prevista para abril, se pospuso por el estallido de la guerra entre Estados Unidos, Israel e Irán, conflicto que entra ya en su décima semana y que sigue paralizando el tráfico marítimo por el estrecho de Ormuz.
La agenda con Xi Jinping incluye comercio, Taiwán, la relación de Pekín con Teherán y la creación de nuevas mesas bilaterales sobre inteligencia artificial. Washington llega presionando por compromisos chinos para reducir el apoyo logístico a Irán, mientras Pekín exige una rebaja de aranceles que estrangulan a sus exportadores tecnológicos desde 2025.
Analistas en Singapur, Bruselas y Washington miran la cumbre con cautela. Una declaración conjunta podría desactivar parte del conflicto en Medio Oriente; un choque público entre Trump y Xi sería leído de inmediato como el inicio de una nueva escalada. El presidente estadounidense viaja con la presión de regresar con un 'win' que justifique haberse ausentado de Washington en plena guerra.

