La Catedral de San Patricio, símbolo de la Nueva York que acogió a generaciones de inmigrantes, se llenó de salsa, lágrimas y memoria para despedir a Willie Colón, el trombonista, cantante y productor que cambió para siempre el sonido de la música latina urbana. La misa funeral reunió a músicos, familiares, figuras del espectáculo y fanáticos que viajaron desde distintas partes del mundo para dar el último adiós a uno de los artistas más influyentes que produjo el Barrio neoyorquino.
Willie Colón fue mucho más que un músico: fue el arquitecto de un sonido que mezcló ritmos del Caribe con jazz, soul y la dureza de la vida en los barrios marginados de Nueva York, creando un idioma musical que hablaba directamente a las comunidades latinas desplazadas y discriminadas. Su trabajo junto a Héctor Lavoe en el sello Fania Records durante los años 70 y 80 definió una era y convirtió a la salsa en el lenguaje emocional de millones de personas.
En México, la noticia de su fallecimiento generó una ola de reacciones en redes sociales donde generaciones más jóvenes descubrieron —o redescubrieron— la dimensión de su obra. La salsa de Colón es parte del ADN musical de América Latina: sus temas suenan en quinceañeras, funerales, bodas y fiestas de barrio desde Tijuana hasta Buenos Aires, desde la Ciudad de México hasta Bogotá.
La ceremonia en San Patricio funcionó como recordatorio de algo que la música popular suele olvidar en la era del streaming: que los grandes artistas no son playlists ni algoritmos, sino personas que construyeron algo con sus manos, su voz y su tiempo. Willie Colón construyó un mundo. Y ese mundo, afortunadamente, no se va con él.

