Los salones de preescolar en México tienen cada vez más sillas vacías. Los datos más recientes de la Secretaría de Educación Pública muestran una caída sostenida en la matrícula del nivel inicial, impulsada por dos fuerzas convergentes: menos nacimientos y más familias que deciden no inscribir a sus hijos en los primeros años de educación formal.
La tasa de natalidad en México ha venido descendiendo de manera constante en la última década. El promedio de hijos por mujer cayó por debajo de los niveles de reemplazo en varias entidades del centro y norte del país. Las nuevas generaciones de padres —muchos de ellos millennials con acceso a educación superior— están teniendo menos hijos y más tarde.
A esto se suma un fenómeno cultural: un segmento creciente de familias urbanas percibe el preescolar como prescindible o prefiere alternativas como la educación en casa o los centros de estimulación temprana privados. Los especialistas en primera infancia advierten que esta decisión tiene consecuencias reales: los años de cero a seis son críticos para el desarrollo del lenguaje, las habilidades socioemocionales y la preparación para el aprendizaje formal.
El gobierno federal enfrenta una paradoja: mantener una infraestructura educativa costosa para un número decreciente de alumnos, o ajustar la oferta y arriesgarse a profundizar las desigualdades de acceso entre familias que sí quieren escolarizar a sus hijos pero no tienen plantel cercano.

