El sonido de los disparos en la Pirámide de la Luna de Teotihuacán el 20 de abril no solo acabó con la vida de una turista canadiense: sacudió la narrativa oficial sobre la seguridad en el país a semanas del inicio del Mundial de Fútbol. Julio César Jasso Ramírez, un mexicano de 27 años, abrió fuego con más de 50 cartuchos, hirió a 13 personas y se suicidó al ser acorralado por la Guardia Nacional.
El ataque tuvo una carga simbólica perturbadora: el atacante llevaba literatura relacionada con el tiroteo de Columbine, ocurrido también un 20 de abril. Las autoridades identificaron el patrón de un individuo con preparación táctica y motivaciones ideológicas, lo que complicó el discurso de seguridad turística del gobierno.
La respuesta oficial fue rápida: más arcos de rayos X, mayor presencia de la Guardia Nacional y coordinación reforzada con FIFA, Estados Unidos y Canadá bajo el Operativo Kukulkán. El gobierno mexicano tiene más de 99,000 elementos de seguridad y 225,000 militares listos para el torneo.
Pero el daño reputacional ya está hecho. CNN, Reuters y medios canadienses cubrieron el incidente con amplitud, y la pregunta que circula entre agencias de viaje internacionales es la misma: ¿está México listo para recibir a millones de aficionados extranjeros sin poner en riesgo sus vidas?

