México y Estados Unidos abrieron en la capital mexicana la tercera ronda bilateral de conversaciones sobre la revisión del T-MEC, con los sectores automotor y siderúrgico en el centro de una negociación que puede alterar cadenas productivas profundamente integradas. El encuentro ocurre bajo una nueva oleada de presión arancelaria desde Washington.
Los equipos técnicos trabajan sobre acero, aluminio, automóviles, seguridad económica, condiciones laborales, agricultura y pagos electrónicos. Canadá, el tercer socio del tratado, no participa en este tramo bilateral, aunque sus propias disputas comerciales con Estados Unidos elevan la incertidumbre para toda Norteamérica.
Uno de los planteamientos más sensibles de la parte estadounidense es elevar de forma sustancial el contenido originario de Estados Unidos en los vehículos fabricados en la región. Para la industria mexicana, donde componentes y unidades cruzan varias veces la frontera durante el ensamblaje, un cambio brusco puede encarecer procesos y obligar a rediseñar proveedores.
México llega con la prioridad de preservar el acceso preferencial de sus exportaciones y evitar que cuotas o aranceles reduzcan su competitividad. El resultado será clave para inversión, empleos manufactureros y precios, en especial en estados vinculados con las cadenas automotriz, metalúrgica y electrónica.






