Keir Starmer anunció este lunes su dimisión como primer ministro del Reino Unido y como líder del Partido Laborista, en una decisión que sacude la política europea y convierte a Gran Bretaña en el país con mayor inestabilidad en el liderazgo entre las democracias desarrolladas. Starmer permanecerá como jefe de Gobierno interino hasta que el Partido Laborista elija un nuevo líder en las próximas semanas.
La renuncia llega tras meses de presión interna acelerada por una serie de golpes políticos: encuestas que lo situaban como el primer ministro más impopular del Reino Unido en décadas, una economía estancada con un coste de vida que sigue ahogando a millones de hogares y, el detonante final, la contundente victoria de Andy Burnham —alcalde del Gran Mánchester— en las elecciones parlamentarias parciales del viernes, que le permitió volver a Westminster derrotando a un candidato del partido populista Reform UK.
El propio presidente estadounidense Donald Trump había señalado días antes que Starmer se encaminaba a dejar el cargo, una injerencia diplomática sin precedentes que añadió presión al laborismo. La relación entre Starmer y Trump fue tensa desde el inicio, con diferencias sobre Ucrania, el comercio bilateral y la postura del gobierno británico ante la agenda conservadora de Washington.
Andy Burnham, visto como el sucesor más probable, representa un laborismo más populista y con raíces en el norte de Inglaterra industrial. Si asume el liderazgo, el Reino Unido tendrá su séptimo primer ministro en una década, una cifra que refleja la profunda crisis de gobernabilidad que atraviesa un país aún sin haber procesado plenamente las consecuencias del Brexit.


