El peso mexicano se ha mostrado más resistente de lo que anticipaban los propios criterios oficiales. Mientras el gobierno proyectaba un tipo de cambio cercano a los 19.7 pesos por dólar, analistas del sector privado lo ubican en torno a los 17.88 pesos al cierre del año, una apreciación que sorprende en medio de la tensión comercial con Estados Unidos.
La fortaleza de la moneda convive con un proceso de recorte de tasas por parte del Banco de México, cuyos especialistas esperan que la tasa de fondeo interbancario cierre el año alrededor del 6.50 por ciento, muy por debajo de los niveles de años anteriores.
El comportamiento tiene efectos directos en el bolsillo: un dólar más barato abarata importaciones y viajes, mientras que tasas más bajas aligeran el costo del crédito para familias y empresas. Del otro lado, la inflación se mantiene como el gran factor de vigilancia, con estimaciones privadas que la sitúan por encima de la meta del banco central.
El equilibrio es delicado. La estabilidad cambiaria da margen de maniobra, pero la incertidumbre sobre los aranceles y la revisión del T-MEC podría poner a prueba, en cualquier momento, la calma que hoy exhiben los mercados.



